Aquellos puentes

Dónde están los viejos puentes, a dónde se fueron?, éstos modernos nos hacen cruzar demasiado rápido; aquéllos donde el pasar a otro lado confundía origen y destino, donde el tiempo y el puente eran la misma cosa, donde la gente advertía la hazaña, donde, por corto que fuera, no se veía el final, el puente era el viaje en sí mismo; a dónde se fueron aquellos puentes que nos hacían llegar, y al atardecer volver con reflejos dorados o tempranas nieves; la verdad es que se nos ha olvidado cómo se construyen, cómo pasar de la teoría a la práctica a la hora de tenderlos, ya solo ponemos piedras sin sentido.

Hereje

Altiva, recia torre, símbolo universal, templo de (o)cultos, sempiterno faro espiritual, pero no nos confundamos, es el sacrílego y hereje sol quien la ilumina, señala el camino y crea la vida.

Camino pródigo

Cálzate las botas y al paso,
hasta el horizonte allá,
si no inicias el camino
no llegarás jamás.

Ahora te das cuenta
fijando la mirada,
que aquella línea final,
aquella línea lindera
se mueve a tu compás.

Por detrás no viene nadie,
a nadie dijiste que te marchabas,
que a buscarte ibas aquella tarde,
que te encontraste,
que solo un poco moriste,
salvaste lo que pudiste
y el resto dejaste.

Es el camino pródigo,
donde el tiempo prestado
junta extraños vecinos
para hacer el viaje a tu lado.

Tuberías

Nuestras vidas, todo uno, unas veces rectas, fuertes, de colores lustrosos, en privilegiada posición, otras ajadas, oxidadas, que se pueden romper por cualquier lado en cualquier momento, cubiertas de lo que fueron tonos vivos, ahora huellas que señalan el paso por malas circunstancias; y entre medias, vidas rotas, vidas que solo apreciamos si se acercan a nosotros, dejadas atrás con intencionada indiferencia, a las que falta apenas una pequeña pieza que las permita continuar, con qué poco se arreglaría tanto… Y todas juntas, que paradoja, tan diferentes y con objetivos tan dispares, en la misma dirección, pero con distintos sentidos.

El bosque

A veces, un árbol, o varios, nos impiden ver el bosque, unas veces son árboles que crecen silvestres, otras fueron plantados por otros, y otras, aún siendo pocas, y por desgracia, somos nosotros los que los ponemos ahí; no nos sirve con ponernos un velo delante de los ojos, ya ponemos un árbol entero con tal de no ver el bosque, que felices estamos contemplando nuestro árbol, que plácidamente, ignorantes, vivimos… el bosque sigue existiendo pese a nuestros patéticos actos y, no olvidemos, que seguimos quedándonos fuera del bosque.

Cinexin

Así es ver el mundo dividido en trozos, no vemos su totalidad en ningún momento, tampoco somos conscientes de nuestra influencia, de nuestro paso, solo fragmentos de sombras, pequeños rastros a los que llamamos nuestra vida; menos mal que, en la antesala de la muerte, nos muestran nuestro deambular vital al completo proyectado con un Cinexin, con las pilas justas, eso si.

Tarde de verano

La tarde se cuela de través,
una luz brumosa de lenta marcha
ocupar su lugar;
soñando, un perro mueve las patas,
jugando a correr tras pelotas de colores
que caen delante de él.

La brisa mece ligeros recuerdos 
de niñez de niños 
que no se reconocen,
imágenes de personas cruzan borrosas,
tal que fotografías de larga exposición.

Por la penumbra huye el tiempo,
el tamiz es demasiado poroso,
espectros familiares silenciosos
como en un velatorio anticipado
me rien cuentos malos.

La tarde me lleva al trote,
soy un pasajero liviano de peso,
“I am a passenger,
and I ride and I ride”
asiente La Iguana despacio,
con gesto.

Sucede en una tarde cualquiera,
de cualquier verano.

Café a tres

“Tardes de calor y sombra de avellanos, de charlas distendidas mecidas por la débil brisa, un rincón cercano y apartado a la vez, dejando que nuestra mente proporcione las palabras que no llegamos a pronunciar conscientemente, de debates por momentos polarizados, en los que, de no haber acuerdo tampoco habrá empate, tardes en las que el tiempo transcurre a la velocidad de la naturaleza, en las que el espíritu recarga su batería, tardes en las que descalzos, como una eléctrica toma a tierra, descargamos los malos sentimientos”.

Paradoxa ad tempus

“Paradójicamente, el tiempo, en contra de su aparente dinamismo, es una sucesión de instantes fijos, pero por otro lado, cómo sabemos que el tiempo transcurre?…la única certeza, sin entrar en minucias cuánticas, es observando si se han producido cambios, por ejemplo, miramos el reloj y vemos que las agujas se han movido, no es que el reloj mida el tiempo, sino que cambia, se ha movido, según transcurre éste, salvo que el reloj esté estropeado, pero incluso así se las arregla para marcar la hora exacta dos veces al día, o no?”.